La lentitud

La lentitud
Ethiopía, 2024.

Siempre he admirado a las personas que pueden llevar un ritmo lento.

No hablo de la lentitud como pereza ni como falta de ambición, sino de algo más difícil de nombrar: la capacidad de no apresurarse por dentro.

Durante mucho tiempo sentí que ese ritmo no iba conmigo. Que algo en mí funcionaba distinto. Mi pensamiento se acelera, conecta ideas rápido, salta. A veces he sentido que tengo un motor de Ferrari, pero con frenos de bicicleta. Avanzo rápido por dentro, pero detenerme, regularme o sostener un ritmo amable no siempre ha sido fácil.

Tampoco mi ciclo de recompensa parece estar hecho para la inmediatez superficial. Lo rápido me estimula, pero no me nutre. La prisa me activa, pero no me ordena. Y esa diferencia —entre activación y sentido— la he ido entendiendo con el tiempo.

Vivimos en un mundo que premia la velocidad, la reacción inmediata, la productividad visible. Ir rápido parece sinónimo de estar vivo, de estar en juego. En ese contexto, la lentitud suele verse como atraso, como desconexión, incluso como una falla.

Sin embargo, algunas de las personas más sólidas que he conocido no viven apuradas. Piensan antes de hablar. Caminan sin ansiedad. No necesitan llenar todos los silencios. Llegan a sus decisiones sin estridencia. Hay algo profundamente estable en ese modo de estar.

Hace un tiempo escuché un poema de Luis Pescetti que habla de la lentitud con ternura, casi como si fuera un refugio posible en medio del ruido. No como una consigna, sino como una forma de estar. Algo similar encuentro en las ideas de Carl Honoré, cuando propone desacelerar no para hacer menos, sino para vivir con más presencia.

Lo que admiro de la lentitud no es el ritmo en sí, sino lo que permite: observar mejor, sentir con menos sobresalto, decidir con más conciencia. La lentitud, bien entendida, no es pasividad. Es una forma de respeto por el propio tiempo interno.

Para algunos, ese ritmo parece natural. Para otros —me incluyo— es algo que se aprende, o al menos se cuida. No siempre es fácil en un mundo que empuja, que exige respuesta rápida, que confunde urgencia con importancia.

Tal vez la lentitud no sea un destino, sino un gesto. Una elección pequeña y cotidiana: no responder de inmediato, no llenar el vacío, no correr solo porque otros corren. Y quizás, en ese gesto, el motor y los frenos puedan empezar, poco a poco, a coordinarse mejor.