La construcción de un camino hacía el internacionalismo
Mi camino hacia el internacionalismo no fue una decisión repentina,
ni una ambición clara desde el comienzo.
Más bien ha sido una construcción lenta, hecha de curiosidad, experiencias,
y una necesidad persistente de mirar más allá del propio territorio.
Desde temprano me sentí atraído por los mapas, los lugares lejanos,
las distintas formas de habitar el mundo.
Viajar —real o imaginariamente— siempre fue una manera de comprenderme mejor.
Con el tiempo, esa curiosidad se fue traduciendo en estudio,
en trabajo técnico, en participación en espacios donde lo local
dialoga con lo global.
Aprendí que el internacionalismo no es solo moverse entre países,
sino aprender a escuchar contextos distintos,
entender lenguajes, tiempos y realidades ajenas.
Trabajar en gestión del riesgo, en datos, en políticas públicas,
me mostró que los problemas que enfrentamos no reconocen fronteras.
Los desastres, la vulnerabilidad, la desigualdad,
son experiencias compartidas, aunque se manifiesten de manera distinta.
Mi interés por lo internacional no tiene que ver con escapar,
sino con conectar.
Con aportar desde lo que sé,
y al mismo tiempo seguir aprendiendo.
He ido construyendo este camino paso a paso:
con estudios, con viajes, con encuentros, con errores,
con la incomodidad de no saber del todo dónde se pertenece.
Hoy no diría que he llegado a algún lugar definitivo.
Más bien siento que estoy en tránsito.
Y quizás eso sea lo más honesto del internacionalismo:
aceptar que es un camino que se camina,
no una meta que se alcanza.














