Espacios que pueden ser un hogar para mí

Espacios que pueden ser un hogar para mí
Brompton cycle en medio de mi living/hogar.

En múltiples ocasiones, he dado con el asunto de sentirme extraño, sentirme raro, “ser raro” frente a otros.

No en un sentido grandilocuente, sino más bien cotidiano: no encajar del todo, cansarme rápido de ciertos espacios, sentir demasiado, pensar demasiado.

Con el tiempo he empezado a entender que no se trata de estar defectuoso, sino de ser sensible.

Y que la sensibilidad no es fragilidad, sino una forma particular de estar en el mundo.

Me gusta la escritura, la fotografía, la música.

No porque me hagan sentir especial, sino porque en esos espacios puedo bajar la guardia.

Ahí no tengo que rendir, convencer, gustar ni reaccionar rápido.

Puedo simplemente estar.

Hay lugares —físicos, simbólicos, digitales— que no me hacen bien.

No porque sean malos en sí, sino porque me exigen una energía que no siempre tengo: compararme, mostrarme, esperar, interpretar señales, sostener ambigüedades.

En ellos mi mente se acelera y mi cuerpo se tensa.

Un hogar, en cambio, es un espacio donde el sistema nervioso descansa.

Donde no estoy a la defensiva.

Donde no tengo que explicarme.

Para mí, un hogar puede ser una caminata sin audífonos, un cuaderno abierto sin objetivo, una melodía que no pide nada a cambio, una conversación honesta y sin estrategia, una tarde silenciosa.

Durante mucho tiempo intenté adaptarme a espacios que no siempre eran hogar, creyendo que el problema era mío.

Hoy empiezo a ensayar algo distinto: elegir con más cuidado dónde me quedo.

No se trata de aislarme del mundo, sino de habitarlo sin perderme.

De reconocer que no todos los lugares son para todos, y que cuidarse también es una forma de madurez.

Este texto no es una conclusión.

Es apenas un gesto de reconocimiento:

hay espacios que me regulan, y otros que me hieren.

Aprender a distinguirlos es, quizás, una forma de volver a casa.