En defensa de mi distancia con las redes sociales
Durante mucho tiempo sentí que tenía que justificar por qué no estaba en redes sociales.
Como si ausentarse necesitara una explicación más larga que quedarse.
Cerrar o tomar distancia de Instagram parecía, para otros, una exageración.
Para mí fue una medida de cuidado.
No porque las redes sean “malas” en abstracto,
sino porque no son neutras.
Y mucho menos para ciertas sensibilidades.
Leyendo a Cal Newport entendí algo que me alivió:
el problema no es la falta de fuerza de voluntad individual,
sino el diseño deliberado de plataformas pensadas para capturar atención, regular emoción y generar dependencia.
No es una falla moral distraerse.
Es una consecuencia estructural.
En mi caso —y en el de muchas personas con una relación frágil con el foco, el deseo o la regulación emocional— las redes no operan como simple entretenimiento.
Operan como dispositivos de activación constante.
Comparación.
Anticipación.
Validación intermitente.
Exposición sin cierre.
El cuerpo lo siente antes que la cabeza.
Hay una idea muy extendida de que estar en redes es “estar conectado”.
Pero mi experiencia ha sido otra:
estar conectado a todo, todo el tiempo, me dejaba menos disponible para cualquier cosa real.
Menos disponible para pensar.
Menos disponible para escribir.
Menos disponible para estar con otros sin una capa de performance encima.
La desregulación emocional no siempre se manifiesta como crisis.
A veces aparece como cansancio difuso, rumiación, impulsos que no se entienden, dificultad para sostener el silencio.
En ese contexto, las redes no amplifican la vida:
la fragmentan.
No escribo esto para convencer a nadie de que cierre sus cuentas.
No me interesa evangelizar el “minimalismo digital”.
Escribo esto para dejar constancia de algo más simple:
Para mí, no estar en redes sociales
no es un rechazo al mundo,
es una forma de volver a él con más presencia.
Hay personas que pueden habitar Instagram sin perderse.
Yo no soy una de ellas.
Y aceptar eso no me hace antisocial,
ni paranoico,
ni exagerado.
Me hace responsable de mis límites.
Si hoy escribo más,
si pienso con más claridad,
si puedo sostener una imagen, una idea o una emoción sin necesidad de reaccionar de inmediato,
es en parte porque dejé de ofrecer mi atención como materia prima.
No necesito estar en todas partes para existir.
No necesito mostrarme para ser.
No necesito opinar en tiempo real para tener una voz.
Mi distancia con las redes no es superioridad moral.
Es higiene emocional.
Y eso, al menos para mí, es suficiente defensa.