Es imposible para mí escuchar música latinoamericana sin que aparezcan recuerdos muy concretos. No como ideas sueltas, sino como escenas completas: voces, cuerpos, muebles corridos, risas y ritmo.
Recuerdo a Roberto tocando guitarra y cantando, y a Gonzalo acompañando con la voz y el cajón peruano. La música no era un espectáculo, era una forma de estar juntos. Mientras tanto, mis tías movían la mesa del living/comedor hacia un costado, despejando el espacio central, y bailaban sin coreografía, pero con mucha presencia.
Sonaban canciones que hoy sigo asociando a hogar y pertenencia: Sobre tu playa, Sambalando, Candombe para José, Adelita de Arak Pacha, entre muchas otras. Canciones que no se escuchaban de fondo, sino que se cantaban.
La música venía de grupos y autores latinoamericanos como Inti-Illimani, Quilapayún, Patricio Manns, Illapu, y otros que hoy asocio no solo a un continente, sino a una forma de sensibilidad compartida.
Con el tiempo entendí que esas canciones no eran solo música. Eran una educación emocional. Me enseñaron que la memoria también se transmite cantando, que la identidad se baila, y que la familia no siempre se explica: a veces simplemente se entona.
Hoy, cada vez que escucho esas melodías, algo en mí vuelve a ese espacio despejado en medio de la casa. Y aunque el tiempo haya pasado, el ritmo sigue ahí, sosteniendo una parte importante de quien soy.